La cosmovisión andina es un sistema de conocimientos y creencias que ha trascendido el tiempo, dejando huellas en la arquitectura, la ritualidad y la forma en que las antiguas civilizaciones concebían su entorno. En el Desierto de Atacama, esta relación se materializa en las estructuras de bajo nivel encontradas en sitios como Chug-Chug y Tulán-54, las cuales revelan una profunda conexión entre la tierra y el cosmos. Esta misma visión ancestral sigue viva en espacios como la Plaza Arqueoastronómica del Observatorio Iocrux, donde los visitantes pueden experimentar cómo los pueblos andinos interpretaron el cielo a lo largo de la historia.
Chug-Chug: Rutas, Campamentos y Geoglifos Sagrados
Ubicado en una de las principales rutas prehispánicas del Desierto de Atacama, Chug-Chug fue un corredor de movilidad y conexión entre las sociedades tarapaqueñas y atacameñas durante más de 2.500 años (Pimentel et al., 2017). A lo largo de esta ruta se han encontrado estructuras subterráneas y de baja visibilidad, testimonio de un tránsito continuo y de la importancia simbólica de este territorio.
Entre los principales hallazgos destacan:
- Campamentos de descanso: Construcciones de planta circular u ovalada, integradas al paisaje y utilizadas por viajeros y caravanas.
- Estructuras ceremoniales: Más de 267 construcciones vinculadas a rituales, como los camachicos, pequeños montículos de piedra donde se realizaban ofrendas.
- Geoglifos: Representaciones de figuras en el suelo, marcando territorios sagrados y rutas de peregrinación.
Estas estructuras demuestran que el camino de Chug-Chug no solo era una ruta comercial, sino también un espacio sagrado, donde la observación del cielo y la interacción con la naturaleza jugaban un rol clave en la cosmovisión andina.
Tulán-54: Arquitectura Ritual Enterrada y su Conexión con el Cosmos
En el sureste del Salar de Atacama, el sitio arqueológico Tulán-54 revela otro nivel de interacción entre la arquitectura y el pensamiento andino. Durante el Formativo Temprano (3100-2400 AP), esta zona funcionó como un centro ceremonial oculto, donde las estructuras fueron cubiertas deliberadamente con sedimentos, volviéndose invisibles a simple vista (Núñez et al., 2016).
El hallazgo más significativo es el templete central, una construcción ovalada con muros de piedra monolítica y nichos interiores, diseñada para rituales de ofrenda y ceremonias de tránsito. Además, se encontraron:
- Inhumaciones de neonatos con ofrendas, vinculadas a rituales de fertilidad y protección.
- Depósitos de restos ceremoniales, incluyendo cenizas, textiles, cerámica y huesos de animales.
- Georradar (GPR) reveló nuevas estructuras aún ocultas bajo capas de sedimentos, demostrando la intencionalidad de mantener estos espacios en el plano subterráneo.
El hecho de que estas estructuras permanecieran ocultas sugiere que el concepto de lo visible e invisible tenía un significado especial en la cosmovisión andina. No solo se construía en la superficie, sino que también el subsuelo era un espacio sagrado que conectaba a los seres humanos con el mundo espiritual y el cosmos.
La Experiencia de la Plaza Arqueoastronómica del Centro Astronómico IOCRUX
Siguiendo esta tradición de conexión entre la tierra y el cielo, la Plaza Arqueoastronómica del Observatorio Iocrux ofrece una experiencia única que recrea la forma en que los pueblos andinos observaban el cosmos. En este espacio, los visitantes pueden entender cómo las antiguas culturas no solo veían las estrellas, sino que también interpretaban las sombras y vacíos en la Vía Láctea mediante el fenómeno de la pareidolia.
Los andinos identificaban en el cielo figuras como:
- Las llamas, asociadas a la fertilidad y la abundancia.
- El pastor, reflejando la relación entre el ser humano y la naturaleza.
- Las serpientes, representaciones del ciclo de la vida y el agua.
- Las Nubes de Magallanes, interpretadas como el revolcadero de las llamas, un concepto ligado a la purificación y la sanación.
Además, el 1 de noviembre tiene un significado especial en la tradición andina, ya que es el momento en que las almas de los difuntos regresan para visitar a sus seres queridos. Esta conexión entre la muerte y el cosmos se expresa en la Vía Láctea, vista como el «Río de las Almas», un sendero que conecta a los ancestros con el mundo terrenal.
En la Plaza Arqueoastronómica, los visitantes pueden acostarse bajo el cielo, observar las estrellas y conectar con sus propias experiencias personales, tal como lo hacían las civilizaciones andinas.

Un Legado Vivo de la Cosmovisión Andina
Las estructuras de Chug-Chug y Tulán-54 revelan que la cosmovisión andina no solo se construía en la superficie, sino también en el subsuelo, en espacios ocultos que funcionaban como puentes entre lo terrenal y lo celestial. Esta misma concepción sigue vigente en la Plaza Arqueoastronómica del Observatorio Iocrux, donde la experiencia de observar el cielo se convierte en un acto de conexión con el pasado, con la naturaleza y con el universo.
Explorar estos espacios es adentrarse en un legado ancestral que nos recuerda que la tierra y el cielo siempre han estado unidos en la mirada de los pueblos andinos.